Publicado en el periódico británico The Guardian el 1 de julio de 2008

Parece que casi todos están de acuerdo: los gobiernos se enfrentan ahora a la elección entre salvar el planeta o salvar la economía. A medida que la recesión amenaza, la presión para abandonar las políticas verdes se intensifica. Un informe publicado ayer por Ernst & Young sugiere que el endeble objetivo de reducir el carbono de la UE incrementará las facturas de la energía un 20% durante los 12 próximos años (1). La semana pasada, los consejeros del primer ministro británico admitieron a The Guardian que sus planes sobre energías renovables estaban “en los márgenes” de lo que la gente tolerará (2).
Julio, 2008. Pero estos miedos se basan en una asunción falsa: que existe una alternativa barata a una economía verde. La semana pasada New Scientist publicó una encuesta a expertos de la industria del petróleo donde se mostraba cómo la mayor parte de ellos creen que los suministros globales de petróleo alcanzarán su pico antes de 2010 (3). Si están en lo cierto, el juego ha empezado. Un informe publicado por el Ministerio de Energía de EEUU en 2005 sostenía que, a menos que el mundo inicie un programa intensivo de reemplazos 10 o 20 años antes del pico del petróleo, una crisis “diferente a cualquiera a la que haya hecho frente antes la sociedad industrial moderna” es inevitable (4).
Si el mundo está cayendo en la recesión es, en parte, porque los gobiernos creyeron que podrían elegir entre la economía y la ecología.
El precio del petróleo está así de alto y duele tanto porque no ha habido un esfuerzo serio por reducir nuestra dependencia. Ayer en The Guardian, Rajendra Pachauri sugirió que una recesión inminente podría forzarnos a enfrentar los defectos de la economía global (5). Pero parece que, tristemente, hasta ahora ha generado el efecto opuesto: una encuesta reciente de Ipsos Mori sugiere que la gente está perdiendo el interés por el cambio climático (6). Las oportunidades para el populismo de la energía abundan: no pasará mucho tiempo antes de que alguno de los principales partidos abandone el débil consenso verde y empiece a invocar una cornucopia de petróleo que no puede ser posible.
El gobierno británico mantiene ambas posiciones a la vez. En su discurso de la semana pasada, Gordon Brown dijo que él quiso “facilitar una reducción en los precios del petróleo globales a corto plazo” mientras intentaba “reducir progresivamente nuestra dependencia del petróleo” (7). Él sabe que el primer objetivo hace al segundo más difícil de alcanzar. La política del gobierno es construir más de todo – más plantas de carbón, una energía más atómica, más plataformas petroleras, más energías renovables, más caminos, más aeropuertos – y espera que nadie señale las contradicciones.
¿Hay una salida? ¿Podríamos abandonar la economía del combustible fósil sin provocar un contragolpe devastador?
Dos cosas son obvias. Necesitamos un sistema global, y el actual, el protocolo de Kyoto, está roto. No fija ningún tapón en la contaminación global del carbono, sus objetivos no guardan ninguna relación con la ciencia actual y no es ejecutable de ningún modo, contiene lagunas jurídicas y cláusulas con vías de fuga tan amplias como para que un buque de petróleo navegue a través.
Hasta hace poco tiempo apoyé un sistema alternativo llamado contracción y convergencia. Este sistema propone que cada país debería terminar con la misma cuota de dióxido de carbono por persona. Los países más ricos deben producir mucho menos de lo que hacen hoy; los más pobres podían contaminar más. Otra propuesta surge lógicamente de ésta: racionar el carbono. Una vez asignada su cuota de carbono, cada nación la dividiría en partes iguales entre sus ciudadanos, que podrían utilizarla para comprar energía o para negociarla entre sí mismos. Estas ofertas tienen el mérito de capsular la contaminación global, de ser justas, progresivas y fáciles de entender y de animarnos a pensar en nuestro uso de la energía.
Pero, después de leer las pruebas de un libro del pensador independiente Oliver Tickell, que será publicado este mes, he cambiado de opinión. En “Kyoto2: cómo manejar el invernadero global”, Tickell mata mis ideas preferidas (8). demuestra que no hay una base lógica para dividir el derecho a contaminar entre naciones estado. Les da demasiado poder sobre esta materia, y no hay garantía de que traspasen los derechos de contaminación a sus ciudadanos, o que utilicen el dinero que recolectaron para enverdecer la economía. El racionamiento de carbono, argumenta el autor, requiere un nivel de instrucción económica que está lejos del nivel universal en las economías más avanzadas, y aún menos en los países donde la mayoría de la gente no tiene ni cuentas bancarias.
En su lugar, Tickell propone establecer un límite global para la contaminación del carbono, y vender los permisos de contaminar a las compañías que extraen o que refinan los combustibles fósiles.
Esto tiene la ventaja de tener que regular algunos miles de corporaciones -las que hacen funcionar refinerías de petróleo, lavaderos de carbón, los gaseoductos y los trabajos con cemento y fertilizantes, por ejemplo-, en lugar de regular a miles de millones de ciudadanos. Estas empresas comprarían sus permisos en una subasta global, gestionada por una coalición de los bancos centrales del mundo. Hay un precio de reserva, para asegurarse de que no baja demasiado el coste del carbono, y un precio tope, en el cual los bancos prometen vender permisos, para asegurarse de que el coste no lisia la economía global. En este caso, las compañías estarían pidiendo prestados permisos de futuro. Pero como el dinero recolectado sería invertido en energías renovables, la demanda por los combustibles fósiles bajaría, así que pocos permisos necesitarían ser publicados en los posteriores años.
Tickell calcula que si el tope fuera fijado bastante bajo para asegurar que el mundo sea neutral en emisiones de carbono antes de 2050, el coste total de los permisos sería de cerca un trillón de US$ al año, cerca de un 1,5% de la economía global. El dinero se gastaría en ayudar a los pobres a adaptarse al cambio climático, en pagar a países para proteger sus bosques y otros ecosistemas, al desarrollo de los cultivo bajos en emisiones de carbono, en promover el rendimiento energético y a la construcción de centrales de energía renovable.
Pero su propuesta parece demasiado baja.
Como muchos de los científicos climáticos del mundo, Oliver Tickell propone que la concentración de gases de efecto invernadero sea estabilizada eventualmente en 350 partes por millón (equivalente de dióxido de carbono) en la atmósfera, y sus cálculos se basan en este objetivo. La semana pasada Lord Stern sugirió que resolver un objetivo menos exigente (500 partes por millón) costará el 2% del producto interno bruto mundial (9). Si el precio de los permisos de carbono vendidos en la subasta fuera mucho más alto que el que Tickell sugiere, el dinero adicional se podría utilizar para devoluciones de impuestos masivas y gasto social, dirigido especialmente a los pobres. Pero ¿el mundo podría sostenerlo?
Este dinero no desaparece, se gasta. La propuesta de Tickell podría representar una solución keynesiana clásica a la crisis económica. Los uno, dos o incluso los cinco trillones de US$ que costaría el sistema, serían usado para dar un rápido arranque a la revolución industrial verde, a un Nuevo Acuerdo (New Deal) no tan diferente del original (cuyo más acertado componente fue el Roosevelt’s Civilian Conservation Corps -Cuerpo Civil de Conservación Roosevelt-, que protegió bosques y tierras de labrantío (10)). Ésta no sería la primera vez que las empresas son rescatadas por las medidas a las que más insistentemente se resisten: hay una larga historia de lobby corporativo contra una clase de gasto público que, finalmente, acaba salvando a esta misma economía corporativa.
¿Querríamos salvar esta economía corporativa, incluso si pudiésemos?
Es duro ver cómo el índice de crecimiento global actual de 3,7% al año (que significa que la economía global se dobla cada 19 años) se podría sostener (11), incluso si todo el sistema fuera accionado por el viento y el sol. Pero ésta es una pregunta para otra columna y quizás otra hora, cuando el pánico económico actual haya disminuido. Por ahora tenemos que encontrar medios de salvarnos de nosotros mismos.
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Referencias:
1. BBC Online, 30 Junio 2008. Green target ‘to hike fuel bills’. http://news.bbc.co.uk/1/hi/business/7480204.stm
2. Juliette Jowit and Patrick Wintour, 26 Junio 2008. Cost of tackling global climate change has doubled, warns Stern. The Guardian.
3. Ian Sample, 25 Junio 2008. Oil: The final warning. New Scientist.
4. Robert L. Hirsch, Roger Bezdek y Robert Wendling, Febrero 2005. Peaking Of World Oil Production: Impacts, Mitigation, & Risk Management. US Department of Energy. Est informe se escapó y encontró de forma original su estilo en este sitio: http://www.hilltoplancers.org/stories/hirsch0502.pdf
5. Rajendra Pachauri, 30 Junio 2008. The world’s will to tackle climate change is irresistible. The Guardian.
6. Juliette Jowit, 22 Junio 2008. Poll: most Britons doubt cause of climate change. The Observer.
7. Gordon Brown, 26 Junio 2008. Creating a low carbon economy. http://www.number-10.gov.uk/output/Page15846.asp
8. Oliver Tickell, próximamente. Kyoto2: how to manage the global greenhouse. Zed Books, Londres.
9. Juliette Jowit y Patrick Wintour, ibid.
10. Neil M Maher, 2008. Nature’s New Deal. Oxford University Press.
11. http://www.imf.org/external/pubs/ft/survey/so/2008/res040908a.htm
George Monbiot
www.monbiot.com
Por la Tierra
Resumiendo: comparamos un mal cierto (el empobrecimiento inevitable de la población mundial en el caso de lanzarnos a cobrar por las emisiones de carbono), por un mal imaginario (que esas emisiones vayan a provocar una catástrofe climática).
Alucinante.
Disculpa no sé como serán las cosas por tu pais pero por el mío el clima no es el mismo que hace veinte años las estaciones se desdibujaron y el sol no es el mismo…de cualquier manera los que más consumen carbono no son precisamente los más pobres y habría que tener en cuenta el factor que cumple el biocombustible, cuyas emisiones de carbono resultan ser más altas que las del petroleo y encima nos dejan sin suelo para cultivar( por que lo habrá incentivado Don Bush?…) fuere cual fuere el caso creo que de haber alternativas limpias deberíamos de optar por ellas
Puedes traducir el correo que le he mandado hoy a George Monbiot, en el que le corrijo su razonamiento en el artículo de arriba ?
Dear Mr Monbiot:
I became alarmed by your article “Trading and Rationing Carbon” (apparently published as “Green Lifeline” in the Guardian on July 1st 2008), although it reassured me intellectually, for now I understand your silence on Contraction and Convergence. If the arguments in your article are the reason why you haven’t supported C&C, you’d better rethink your objections fast, and start promoting the concept. For
1) as I argue below, your rejection relies on very flawed reasoning :
But especially 2) C&C will be the only way to get a real agreement in Copenhague. The reason is simple: Because a) C&C is the only relatively simple –and thus an organizing– principle, that b) embodies the Golden Rule, it is the only way to avoid the “Tragedy of the Climate Commons” that results from countries vying for their national interests.
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You base your rejection of C&C on Oliver Tickell, Kyoto2: : how to manage the global greenhouse. It is impossible to scrutinize, let alone refute, the ideas of a book one has no access to, but your own summary of its position reveals key flaws in your rejection.
“1) there is no logical basis for dividing up the right to pollute among nation states.”
Are you kidding? The per capita allocation of C&C is the clearest and sharpest idea, both ethically and economically sound. It doesn’t make any difference whether GHG emission rights are alloted to Europe or its individual countries, any more than if they are alloted to the US or its individual states, or China or its individual provinces.
“2) It gives them too much power over this commodity,”
What is “too much” in your opinion? One billion Chinese necessarily “weigh” more than 60 million Brits, C&C or not, ceteris paribus(including GDP per capita). Especially: the same argument as 1) applies here.
“3) there is no guarantee that they would pass the pollution rights on to their citizens, or use the money they raised to green the economy.”
This objection is irrelevant because it confuses two different levels of governance: C&C can and should concern (if only at first) the GLOBAL or geopolitical level. At the national level at which the objection is directed, the relevant concept is “Cap and Share”.
“4) Carbon rationing, he argues, requires a level of economic literacy that’s far from universal in the most advanced economies,”
It seems to me that a check in the mail (to compensate for higher gasoline prices) is very easy to understand. And do you really think that people need to understand another key instrument called “monetary policy” ?
“let alone in countries where most people don’t have bank accounts.”
But these are precisely the countries that emit very low carbon! And they will only start emitting more as people there start getting bank accounts. Besides, bank accounts are not the only way to distribute shares of fossil fuel use rights. And finally: legal property rights (of which dividing up the “atmosphere” is the latest expression) is just part of the very process of so-called “development”. So far, “property” has concerned mainly surface, now it will concern “air” and “fossil fuels”. The private-public dichotomy in property (whereby taxes, for example, void much of the meaning of “private”) has to be reshuffled in all cases (but that is another issue)
You must be kidding if you think the “managed” approach you propose below is simpler (let alone fairer, but this is not the key point right now, for the same reason as in objection 3):
“Instead Tickell proposes setting a global limit for carbon pollution then selling permits to pollute to companies extracting or refining fossil fuels. This has the advantage of regulating a few thousand corporations – running oil refineries, coal washeries, gas pipelines and cement and fertiliser works for example – rather than a few billion citizens. These firms would buy their permits in a global auction, run by a coalition of the world’s central banks. There’s a reserve price, to ensure that the cost of carbon doesn’t fall too low, and a ceiling price, at which the banks promise to sell permits, to ensure that the cost doesn’t cripple the global economy. In this case companies would be borrowing permits from the future. But because the money raised would be invested in renewables, the demand for fossil fuels would fall, so fewer permits would need to be issued in later years.”
The real problem with Audrey Meyer’s formulation of the C&C concept lies elsewhere: by associating C&C to a supposed right by poor countries to trade or sell unused pollution rights (i.e. a version of Cap-and-Share at the global level), he has been unwittingly proposing a further commodification of land, which has been built into the logic of private property during the industrial era. The problem with the need to pay for unproduced (i.e. costless) land is that 1) it unnecessarily adds to the cost of living (think of exorbitant housing prices), fueling the need for “jobs” and thus “growth”, 2) in the case or “air rights”, it elicits a lot more unease about “windfall profits” –unearned “money transfers” to the poor– among the polluters in industrial societies. Framing the necessary transfers instead as compensations or reparations for the harm caused by the polluters is both ethically fairer, economically sounder, and politically much more effective.
The “compensation” (or polluter-pays) principle is operationally murkier than the “windfall principle,” but it is economically sounder, and especially: it “works” ten times better in persuation, as I have repeatedly confirmed in all my awareness-raising efforts. Perhaps you can believe someone who has been reconceptualizing the issue systematically : I am now finishing a doctoral dissertation on the (surprisingly simple ways to ensure the) decommodification of land. This is THE way to relieve citizens from the need for “jobs” (to, for example, pay for exorbitant rents) that fuels the illusion of the need for GDP growth. More on this when I finish it –but C&C is one of its key applications.
In the meantime, please think again about your rejection of C&C ! Your opinion carries a lot of weight, and if you support it, you can certainly help catalize a real deal in Copenhague.
regards
Alfredo